Ronald Fraser (1930-2012), historiador inglés afincado en Valencia, especialista en historia oral y en la historia contemporánea de España. Marido de la también historiadora - ex profesora y actual compañera de Departamento de un servidor en la Universidad de Valencia - Aurora Bosch. Autor de obras de referencia como La maldita guerra de España: historia social de la Guerra de la Independencia (Crítica, 2006) y de su libro más conocido y reconocido, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: historia oral de la Guerra Civil española (Crítica, 1979, 2001), obra pionera en la historiografía española convertida hoy en clásico y referente metodológico de la historia oral. 12 febrero, 2012
In memoriam Ronald Fraser
Ronald Fraser (1930-2012), historiador inglés afincado en Valencia, especialista en historia oral y en la historia contemporánea de España. Marido de la también historiadora - ex profesora y actual compañera de Departamento de un servidor en la Universidad de Valencia - Aurora Bosch. Autor de obras de referencia como La maldita guerra de España: historia social de la Guerra de la Independencia (Crítica, 2006) y de su libro más conocido y reconocido, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: historia oral de la Guerra Civil española (Crítica, 1979, 2001), obra pionera en la historiografía española convertida hoy en clásico y referente metodológico de la historia oral. 12 mayo, 2010
21 abril, 2010
17 octubre, 2009
In Memoriam
Ayer mismo regresé a Valencia después de estar unos días dando vueltas por Madrid, de biblioteca en biblioteca y de conferencia en conferencia, fotocopiado libros y consultando tesis inéditas escritas por mis antecesores en el estudio de la figura de Pío Baroja. Aunque ya lo intuía, estos días de sobredosis barojiana me han servido para acabar de captar la esencia del porqué Baroja, siendo un escritor tan criticado - en su día y hoy - por la crítica, ha sido y es un autor tan querido por los lectores y sobre todo, por un grupo de fieles incondicionales. El secreto de la escritura barojiana, más que el contenido de sus novelas, está en el estilo. Esa es la palabra clave: estilo. Baroja es de los pocos escritores, escasos en el panorama literario patrio, que supieron crear y acuñar un estilo inconfundible, una forma de narrar inimitable. Ayer leía volviendo en el tren, que los escritores que permanecen, los que sobreviven al maregmágnum de la historia son precisamente ésos, lo que logran crear un estilo; en el caso de Baroja, lo barojiano.
Digo todo a cuento de una tristísima notícia que recibí ayer: la muerte del periodista deportivo Andrés Montes. Para todos los que seguimos el deporte en España, en la televisión y en la radio, Montes no necesita presentación. Prueba de esta popularidad son las innumerables reacciones que se han producido desde ayer por la noche y los espontáneos homenajes a su figura que ya circulan por la red. En la web del diario Marca, la notícia ya pasa de los 4000 comentarios por parte de los lectores y, en esa misma web, donde escribió una columna Montes hace algunos años, han seleccionado los mejores vídeos-homenaje que ya ha ido colgando la gente en Youtube.
Para la gente que no conozca de nada a Montes o para la gente a la que le suena su peculiar fisionomía, pero no acierta a relacionarlo con algo concreto, debo decir que, en cierto modo, a Montes le ha sucedido un poco lo que decía sobre Baroja. Formado en el mundo de la radio, Montes se dió a conocer para el gran público español gracias a sus retransmisiones de los partidos de baloncesto de la NBA en Canal +. Fue durante los años noventa, cuando aquel Canal + todavía codificado llegaba a España, cuando los españoles tuvimos acceso por primera vez a los partidos de la liga americana de baloncesto, esos partidos que en España se ofrecían a altas horas de la madrugada. Durante estos años, Montes fue capaz de hacer lo que pocos periodistas deportivos en España han sabido: crear un estilo personal, una forma de narrar los partidos (son archiconocidas las numerosas coletillas que inventó e incluso existen páginas web en la que se recopila el vocabulario de Montes) y una forma de entender el deporte y el entretenimento. Y todo esto lo hizo Montes formando pareja profesional con el periodista experto en la NBA, Antoni Daimiel. Daimiel y Montes formaron durante los noventa una de las mejores parejas profesionales que ha dado el periodismo deportivo español, dejando para la posteridad algunos momentos de gloria. Sus narraciones de los partidos de la NBA se caracterizaron siempre por su tono distendido y por sus diálogos medio filosóficos, medio existenciales (vean el que enlazo al final de la entrada) en torno a múltiples aspectos de la vida americana y de la vida en general. Daimiel aportaba la erudición baloncestística y Montes aportaba la frescura y la espontaneidad, la ironía.
Con la marcha de Montes de Canal + a Radio Marca y luego a la Sexta, la cosa cambió y a Montes le llegó su segundo momento de gloria profesional, cuando empezó a narrar partidos de fútbol se la selección española en La Sexta, formando pareja con el ex jugador de la selección, Julio Salinas. Montes trasladó parte de su peculiar y estrafalario vocabulario a un terreno tan purista como el de la narración deportiva futbolística. Por esto se le acusó de ser poco riguroso, de tener escasos conocimientos futbolísticos y de ser más un showman que un periodista informado. Sin embargo todo esto, el éxito de Montes fue parejo al éxito de la selección que ganó la Eurocopa de Austria y Suiza.
La retransmisión del último Eurobasket de Polonia ganado por la selección española fue la última aparición de Montes en televisión. Allí anunció que abandonaba La Sexta sin saber que, lamentablemente, días después nos iba a abandonar a todos. Los múltiples tributos que la gente del deporte ya le está rindiendo a este genial periodista deportivo y el número de fieles seguidores que convirtieron a Montes en una referencia, demuestran que sin ser seguramente un erudito en ninguno de los ámbitos en los que trabajó (curiosamente, Montes tenía fama de ser un consuma melómano y un erudito en temas musicales), Montes sí fue capaz de crear un estilo propio, un sello inconfundible. Por esto, estoy casi seguro de que dentro de unos años, mucha gente se seguirá acordando de él y de su peculiar y particular estilo.
15 septiembre, 2009
In Memoriam

En contra de lo que suele ser habitual en estos casos, no diré que Swayze fue un actor extraordinario, un fuera de serie. Para ser sinceros, creo que en un ranking imaginario de mis actores favoritos, Swayze estaría bastante lejos de las primeras posiciones. Sin embargo esto, hay un aspecto de Swayze que, en mi caso personal, le da un enorme valor añadido a su figura. Me refiero a la capacidad de su persona (de sus personajes se entiende) para evocarme recuerdos. Hace unos días, hablaba de la poesía de Juan Antonio Millón y de su capacidad para transportarme a esa infancia dorada que mi mente va idealizando cada día que avanza. Como dije entonces, con cada etapa que cumplo, con cada ciclo que cierro, se abre un involuntario pero natural proceso de reflexión que, casi siempre, conduce al mismo sitio: el patio de mi antiguo colegio.
El recuerdo que me evoca Swayze es diferente. En mi esquema mental, como en el de mucha gente de mi generación, la figura de Swayze va asociada a dos películas, a cuál más mítica. Una es Dirty Dancing, la otra es Ghost. Ambas las retengo perfectamente en mi retina porque suelen reponerlas bastante en la televisión, como uno de estos clásicos de sobremesa de un sábado por la tarde. Ambas me fascinaban en varios sentidos. De Dirty Dancing recuerdo esa pose de chulo engreído y protector de Johnny Castle, el personaje interpretado por Swayze. Recuerdo que interpretaba a un profesor de baile que ligaba con todas las chicas y que acababa seduciendo a una chica noña que terminaba siendo su pareja de baile y la protagonista del film.
Ghost siempre me ha parecido una película extraordinaria, quizá no el sentido técnico o argumental, pero sí en el sentido emocional. No lo recuerdo ahora, pero es muy posible que llorase la primera vez que la vi. Recuerdo el extraordinario papel de Whoopi Goldberg (ganó un Oscar por él) y recuerdo lo guapísima que me pareció Demi Moore con el pelo corto. Recuerdo también la impotencia de ver como el que ejercía de malo mataba al bueno, a Sam, el personaje de Swayze, y luego trataba de beneficiarse a su viuda. Pero recuerdo sobre todo algunas escenas míticas como aquella del torno de alfarero mil veces reproducida o aquella otra en la que el fantasma de Swayze le acercaba una moneda a Demi Moore. Ya digo que, aun sin ser una obra maestra del cine, si me parece que dentro del género romático, es una pelícua sobresaliente.
Aunque sé que tiene muchas más (en su día también me gustó La ciudad de la alegría, basada en la novela de Le Carré), para mí el nombre de Patrick Swayze siempre irá unido a estas dos películas, hitos de mi infancia en lo que a lo fílmico se refiere. Cuando todavía reponen estas películas (no me extranaría que estos días lo hicieran), intento hacer lo posible por verlas. Me las sé de memoria, es cierto, pero no lo puedo evitar. Al igual que otras cosas (canciones, comidas, bebidas, etc.) su potencial evocador de la infancia me supera y la nostalgia que desprenden me atrapa.
No deja de ser paradójico el que Swayze haya muerto en un estado de salud precario. Viendo las últimas fotos que de él se han publicado, ya en pleno proceso de lucha contra la enfermedad, a uno le cuesta creer que esa persona es la misma que luce esa planta envidiable en las películas que he citado. Por esa época Swayze era bailarín profesional (su madre era coreógrafa) y estaba considerado como uno de los hombres más sexys del mundo, según me hizo saber mi madre. Leí hace poco que estaba trabajando en una serie de televisión americana y que preparaba una autobiografía que se iba a titular Time of My Life, en alusión al célebre tema principal de Dirty Dancing. Lamentablemente, no podrá ser. Ni la serie, ni la autobiografía.
Por todas esas tardes de sábado frente al televisor, le brindo este póstumo y sincero homenaje.
26 agosto, 2009
In Memoriam
Con la muerte del senador Ted Kennedy, hermano de John Fitzerald y de Robert Francis, el apellido Kennedy ya es historia en Estados Unidos. Y qué historia...
09 agosto, 2009
In Memoriam
31 julio, 2009
In Memoriam
Dicen los ingleses que el fútbol era, es, y será siempre, un deporte de caballeros. De ser así, hoy ha muerto uno de ellos. Descanse en paz.





