El nombre de Ronald Reagan reaparece constantemente en la prensa política norteamericana. Aunque no suele salir bien parado en las listas de los mejores presidentes de la historia de los Estados Unidos, es indiscutible que fue un tipo con gran carisma y que supo ganarse el favor de gran parte del pueblo norteamericano. Para bien o para mal, durante los últimos diez años mucha gente ha vuelto la mirada hacia lo que hizo este actor californiano metido a presidente. Durante los años de George W.Bush, la derecha conservadora americana ha rescatado la figura reaganiana como la de un visionario que supo adelantarse a su tiempo, sentando las bases del hoy famoso movimiento neocon. Por su parte, los medios liberales y progresistas americanos siguen usando a Reagan como el ejemplo perfecto de político mediocre y sobrevalorado, como el modelo que representa los valores más retrógados y reaccionarios del Partido Republicano. Sea por lo que sea, el tema es que la gente se sigue acordando de Reagan y de sus célebres y personales aportaciones a la teoría política, resumidas a la perfección en aquella conocida sentencia en la que explicaba que "el gobierno no puede resolver problemas, porque el mismo gobierno es el auténtico y principal problema.
La última invocación de la figura reaganiana la he leído esta mañana en The Wall Street Journal. Como los seguidores de este blog sabrán (el otro día ya traté el tema), el asunto del verano político en USA está siendo la reforma sanitaria que pretende implantar el bueno de Barack Obama. El debate está siendo largo e intenso (repasando la prensa americana todos los días me encuentro con mil editoriales, artículos y entradas de blogs sobre la cuestión candente), aunque en términos prácticos, muy poco productivo. Mientras los medios de izquierdas (el otro día citaba a The New Yorker) siguen defendiendo la bondad de las intenciones de Obama, la derecha mediática americana sigue en sus trece, negando la mayor y sacando todo tipo de argumentos en contra de una medida que ellos tildan de encubierta maniobra socialista. Daniel Henninger es subdirector editorial de The Wall Street Journal y una de la voces autorizadas en la prensa conservadora americana. Todos los jueves publica una columna ("Wonder Land") en la que analiza un aspecto de la atualidad política estadounidense, desde ese punto de vista conservador en lo político y neoliberal en lo económico, que caracteriza la línea editorial de su periódico. En la columna que publica hoy - In Government We Trust? - Henninger pone el acento en un aspecto de este debate sobre la reforma sanitaria que, a mi juicio, invita a una interesante reflexión. El argumento de Henninger es sencillo y fácil de entender. Según él, el rechazo que ha provocado entre la opinión pública americana (no hablamos de la oposición, eso se sobreentiende) el anuncio de la reforma por parte de Obama, obedece al hecho de que la gente ya no se fía un pelo de nada ni de nadie que huela a gobierno, a establishment. Todo el apoyo recibido en su día por Obama, se ha vuelto en desconfianza y descreimiento, en recelo.
Uno de los principales motivos de este cambio de actitud, quizá el fundamental, es que la gente está hasta el gorro de que todo el mundo (políticos, banqueros, vendedores, etc) le tome el pelo y, ante esta evidencia, adopta aquella actitud tomista de creer sólo lo empíricamente visible y constatable. La crisis ha hecho estrágos y la derecha americana ya se ha encargado de anuncar que la reforma sanitaria la pagarán los impuestos de la gente honrada y trabajadora. En resumen, aquello del "virgencita, virgencita..."
Según Henninger, Obama ha caído en la vieja trampa que supo esquivar Reagan, el único que comprendió en su día, que a la gente no le interesa para nada el gobierno porque no confía en los políticos. Para avalar su postura, Henninger cita una anécdota según la cual, Reagan solía bromear diciendo que las palabras más terroríficas de la lengua inglesa son: "I'm from the government and I'm here to help". Al haber planteado su reforma en plena crisis ecónomica y con los problemas que afectan a la gente en Estados Unidos, dice Henninger, Obama ha incumplido este mandamiento reaganiano y ha provocado el efecto opuesto al pretendido, generando desconfianza en una acción que, en teoría, sólo puede reportar beneficios.
En este sentido, la conclusión del artículo sería ésa: no iba tan mal desencaminado Reagan cuando decía que el gobierno, más que la solución, es el problema de los americanos. Visto así, es cierto que a Obama le está pasando factura mucha gente. Ya dije aquí mismo que los beneficios electorales que Obama sacó de la crisis cuando todo el mundo culpó a Bush, se iban a volver en su contra desde el mismo momento en que era él quien debía governar a esa gente con los escasos recursos que la crisis le estaba dejando. Al margen de esta simple constatación, me parece que el artículo de Henninger es más interesante de lo que parece. Aunque nos podamos quedar con la imagen del proverbial humor reaganiano (A mi me gusta mucho aquello que dijo una vez: "Dicen que el trabajo duro no ha matado a nadie, pero yo me pregunto, ¿por qué arriesgarse?"), la idea de que los norteamericanos (y en esto lo hago extensible a los españoles y al momento actual) se sienten cada vez más alejados y desligados de sus políticos es un interesante tema de debate. Por qué cuando Obama era candidato a todo el mundo le parecía que hablaba muy bien y tenía mucho sentido lo que decía, y ahora que intenta cumplir con lo que prometió, se encuentra con que la gente no se compromete. Es como si una vez llegado a la presidencia, el objetivo ya estuviese cumplido. Ya hemos demostrado que podemos tener un presidente negro; ahora ya lo que haga o deje de hacer es cosa suya.