
Acabo de leer por segunda vez en quince días, El bálsamo de la indiferencia (Calima Ediciones, 2008), último poemario publicado hasta la fecha por Juan Planas Bennásar y primero de una trilogía cuyos restantes títulos - Resumen del cuerpo (Baile del Sol) y Tratado de las cosas sin nombre (Calima Ediciones) - están pendientes de aparecer próximamente.
Antes de comentar lo que me ha parecido, lo poco o lo mucho que he entendido y lo poco o lo mucho que me ha gustado, debo agradecer públicamente a su autor que me facilitara en su día el acceso al libro porque, aunque imagino y deseo que no sea el caso de éste (he puesto arriba un enlace a una librería en donde se puede encontrar fácilmente), reconozco que determinadas librerías valencianas me vienen dificultando más de lo deseable, la tarea de encontrar los escasos poemarios por los que me he interesado últimamente. Sé que no es ésa la causa (ojalá lo fuera), ni es excusa, pero no deja de ser un elemento disuasorio que contribuye a que la gente (incluidos los historiadores; yo el primero) haya perdido la sana costumbre de abandonarse de vez en cuando a la lectura poética, saliendo - como ha dicho el propio Planas - del mundo "ficticio" de la política que tanto nos ocupa y preocupa, y entrando en el "mundo auténtico" que es la poesía.
Dicho esto, debo decir que mis impresiones son las propias de alguien que lee muy poca poesía. Sí, lo reconozco. Mi incultura poética es, haciendo honor al título de este blog, vastísima. No sé si es algo común entre los españoles, si sólo es común entre los historiadores, o si ni una cosa ni otra tienen mucho que ver; pero sí, admito que mi ingenua costumbre de leer a Bécquer, Neruda o Benedetti para intentar ligar por el Messenger ha pasado - visto el nulo éxito de la estrategia - a mejor vida.
En ese sentido, mi lectura de este libro ha supuesto en parte, un reencuentro con un hábito ya olvidado. Y debo decir de entrada, que el reencuentro y el esfuerzo que supone para un lector acostumbrado a la pesada e indigesta prosa que caracteriza a la mayoría de historiadores, ha valido la pena.
A simple vista, lo primero que me ha llamado la atención de El bálsamo de la indiferencia es la estructura y la forma de los versos: la forma en la que el poema está escrito. En este libro de Planas, como en los buenos libros de poesía, la estructura del poema es el propio poema. O parafraseando el título de un conocido libro de Hayden White, es en la forma donde debemos buscar el contenido. Como ha dicho en alguna ocasión el propio autor, la apariencia de este libro es la de un monólogo en el que la voz del autor se desdobla o, lo que quizá sería más adecuado, un diálogo entre dos voces que son la misma y no lo son, que se superponen unas veces y se contradicen en otras, en una constante lucha dialéctica por prevalecer la una sobre la otra, por imponerse una con su lenguaje a la otra. Porque el lenguaje es, en efecto, protagonista indiscutible de este poemario; el lenguaje creador que nombra las cosas y el lenguaje limitado que es incapaz de decirlas: Habría que quitarles límites a las palabras / y usar su indiferencia como bálsamo / para la fría rigidez de la parálisis. Todo a la vez y nada al mismo tiempo.
Por debajo del lenguaje y dominado por él en todo momento, el tema de la muerte [Desde siempre lo supe. Escribo / porque temo a la muerte / - callejear sus plazas desiertas y luego olvidarlas], y la convicción de que todo esfuerzo es inútil [Aquí yace la raíz, aquí yace el cuerpo. / Aquí la certidumbre de que todo es estéril / el conjuro y la magia, la expectación, la ternura] y toda ilusión, vana. La idea del triunfo - como leo en el último poema - "de la indiferencia sobre la pasión".
Otro hilo conductor del libro (al menos así lo he leído yo), es un recurrente sentimiento que flota en el ambiente y que a mí me inspira la nostalgia de un tiempo - paradójicamente atemporal - pasado, de una realidad que pudo haber sido y - gracias a nuestro empeño - no fue. Sensación de una oportunidad perdida por la especie humana y sensación de vagar a la deriva, sin una meta clara, sin rumbo, indiferentes: Más allá está el mundo / Como nosotros / en paradero desconocido.
Ésa es la sensación que me han dejado los desolados versos de Juan Planas: ni un poso de tristeza pesimista, ni un halo de melancolía enfermiza; sí una sensación de desasosiego y futilidad, de lo absurdo de esa idea trágica de la existencia y lo cómodo que resulta, a veces, nadar contra corriente, a favor de la indiferencia.
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Y como regalo final, mi pieza preferida (por afinidad temática, ya lo explicaré) del libro:
Ahora somos animales enjaulados.
Nos fue dado encontrar refugio en las selvas
y edificar allí ciudades espantosas,
salpicadas de puentes voladizos,
lianas y cementerios al aire libre.
Vivimos en los túneles cerrados
pero aquí el mal es transparente.
Nunca sabemos cuándo ha de llegar
la triste comitiva del traslado.
Tememos sus camiones de mudanza.
[Llegan en oleadas imprevistas
y los que han de morir, desaparecen.
Hay en esta liturgia de renovación
la sospecha constante de un engaño]
No hay forma de echar raíces en el liquen.
Juan Planas Bennásar, El bálsamo de la indiferencia, p. 20
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