29 octubre, 2009

Miss Incultura 2009


A veces reflexiono sobre el título de este blog y se me antoja algo excesivo y radical, algo desproporcionado e injusto en su afán de provocar y soliviantar al respetable. Otras veces, como esta mañana, me parece que no, que es justo y merecido y que, si me apuran, incluso me quedo corto, comedido. Me explico.

La notícia la escuchaba esta mañana en la radio viniendo a Valencia con el coche y la constrastaba luego en la edición digital de un periódico. Como saben, una de las aficiones más reconocidas de los amigos latinoamericanos (saludos a los que me leen) es la de organizar certámenes de belleza. Que si Miss Venezuela, que si Miss Latinoamérica, Miss Playa de Copacabana; ya me entienden. Pues bien, resulta que esta misma noche se celebra en Sucre (Bolívia), el certamen Reina Hispanoamericana 2009, uno de estos saraos que suelen ser un placer para la vista masculina (sobre todo el desfile en bikini de las protagonistas) y un motivo de disputas morales para los estamentos más conservadores de la sociedad (ya saben, el tema de la anorexia, la cirugía estética, etc.).

El tema es que, como algunos de ustedes sabrán, de unos años a esta parte, estos certamenes duran varios días y, antes de la noche de la elección se suelen hacer unas jornadas de convivencia entre las misses y de entrevistas con el jurado, por aquello de que no se diga que sólo se juzga la belleza. Pues bien, en el citado certamen, una de las entrevistas consistía en una serie de preguntas de lo que solemos llamar "cultura general". Que si cuál es el río más largo del mundo, que si cuáles son las siete maravillas del mundo...

Una de estas preguntas, difícil e imprevisible donde las haya, teniendo en cuenta que el certamen se celebra en América Latina, era la de responder quién había descubierto América y cuándo. Por lo que leo, la mayoría de misses, ya previsoras ellas y puestas en sobreaviso para evitar el ridículo nacional (al fin y al cabo, van representando a su país), dieron la callada por respuesta: "no me acuerdo ahora...", "yo no he venido aquí a hacer un examen...", "no hablaré si no es delante de mi abogado..." Hubo una valiente que se rehuyó las medias tintas y se mostró tajante y concisa: "América fue descubierta por Cristóbal Colón en 1980". Sí, han leído bien, en 1980.

Si alguno de ustedes no ha leído el enlace de arriba pero lo está imaginando, les digo que sí, han acertado: la responsable de esa respuesta es la candidata española, un chica mallorquina (reseño el dato, aunque imagino que la insularidad no tiene nada que ver aquí) nacida en 1989 (coétanea de Colón según sus cálculos) que, por lo visto, fue "Miss Baleares 2008" y que ha ido a Bolivia representando a esta España nuestra.

No quiero hacer leña ni ensañarme con esta chica a quien no conozco de nada. Incluso le reconozco un punto de valentía al responder a una pregunta de la que las demás huyeron que la hace, si cabe, más atractiva (he visto fotos en "Google Images" y la chica es ciertamente guapa). Tampoco sé hasta qué punto se la puede responsabilizar a ella de este desliz, o se puede atribuir una parte de responsalibilidad a la ESO o la malicia de unos entrevistadores que juegan con este tipo de cosas y que saben de sobras que las chicas están nerviosas y pueden decir las cosas sin pensarlas. Habría que estudiarlo. Lo único que digo, y con esto termino, es que este tipo de notícias, anécdotas al fin y al cabo, no contribuyen en nada a un cambio de título para este blog cuya posibilidad en algún momento llegué a barajar.

24 octubre, 2009

Fetichismo de la mercancía


"[...] la forma de mercancía y la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma se representa, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de los mismos ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil".

Karl Marx, El Capital

La semana pasada recibí - previo pago de su importe, claro - el ejemplar de la primera edición de la novela de Pío Baroja, El árbol de la ciencia (Renacimiento, 1911) que ven en la imagen de arriba. Al margen de necesitarlo para darle un uso académico (el estudio de la "materialidad del texto" que diría Roger Chartier), la única explicación que le encuentro al hecho de haber pagado una importante cantidad de dinero (que nadie me lo pregunte porque no quiero ni recordarlo...) por un libro que - según el precio que figura en el propio ejemplar - costaba en su día 3'5 pesetas, es que se ha apoderado de mi ese componente irracional que se añade al valor racional de un producto y al que Marx llamó en su día el "fetichismo de la mercancía".

21 octubre, 2009

Belén Esteban: "Yo soy la voz del pueblo"


"Mi idea es que el español tiene, por regla general, más individualidad que personalidad; que la fuerza con que se afirma frente a los demás, y la energía con que se crea dogmas y se encierra en ellos, no corresponde a la riqueza de su contenido espiritual íntimo, que rara vez peca de complejo."


Miguel de Unamuno, “El individualismo español. A propósito del libro de Martin A.S. Hume The Spanish People: their origin, growth and influence” en Obras Completas, Vol. VIII, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007, p. 528.


17 octubre, 2009

In Memoriam

Andrés Montes, comentarista deportivo (1956 - 16 de octubre de 2009)

Ayer mismo regresé a Valencia después de estar unos días dando vueltas por Madrid, de biblioteca en biblioteca y de conferencia en conferencia, fotocopiado libros y consultando tesis inéditas escritas por mis antecesores en el estudio de la figura de Pío Baroja. Aunque ya lo intuía, estos días de sobredosis barojiana me han servido para acabar de captar la esencia del porqué Baroja, siendo un escritor tan criticado - en su día y hoy - por la crítica, ha sido y es un autor tan querido por los lectores y sobre todo, por un grupo de fieles incondicionales. El secreto de la escritura barojiana, más que el contenido de sus novelas, está en el estilo. Esa es la palabra clave: estilo. Baroja es de los pocos escritores, escasos en el panorama literario patrio, que supieron crear y acuñar un estilo inconfundible, una forma de narrar inimitable. Ayer leía volviendo en el tren, que los escritores que permanecen, los que sobreviven al maregmágnum de la historia son precisamente ésos, lo que logran crear un estilo; en el caso de Baroja, lo barojiano.

Digo todo a cuento de una tristísima notícia que recibí ayer: la muerte del periodista deportivo Andrés Montes. Para todos los que seguimos el deporte en España, en la televisión y en la radio, Montes no necesita presentación. Prueba de esta popularidad son las innumerables reacciones que se han producido desde ayer por la noche y los espontáneos homenajes a su figura que ya circulan por la red. En la web del diario Marca, la notícia ya pasa de los 4000 comentarios por parte de los lectores y, en esa misma web, donde escribió una columna Montes hace algunos años, han seleccionado los mejores vídeos-homenaje que ya ha ido colgando la gente en Youtube.

Para la gente que no conozca de nada a Montes o para la gente a la que le suena su peculiar fisionomía, pero no acierta a relacionarlo con algo concreto, debo decir que, en cierto modo, a Montes le ha sucedido un poco lo que decía sobre Baroja. Formado en el mundo de la radio, Montes se dió a conocer para el gran público español gracias a sus retransmisiones de los partidos de baloncesto de la NBA en Canal +. Fue durante los años noventa, cuando aquel Canal + todavía codificado llegaba a España, cuando los españoles tuvimos acceso por primera vez a los partidos de la liga americana de baloncesto, esos partidos que en España se ofrecían a altas horas de la madrugada. Durante estos años, Montes fue capaz de hacer lo que pocos periodistas deportivos en España han sabido: crear un estilo personal, una forma de narrar los partidos (son archiconocidas las numerosas coletillas que inventó e incluso existen páginas web en la que se recopila el vocabulario de Montes) y una forma de entender el deporte y el entretenimento. Y todo esto lo hizo Montes formando pareja profesional con el periodista experto en la NBA, Antoni Daimiel. Daimiel y Montes formaron durante los noventa una de las mejores parejas profesionales que ha dado el periodismo deportivo español, dejando para la posteridad algunos momentos de gloria. Sus narraciones de los partidos de la NBA se caracterizaron siempre por su tono distendido y por sus diálogos medio filosóficos, medio existenciales (vean el que enlazo al final de la entrada) en torno a múltiples aspectos de la vida americana y de la vida en general. Daimiel aportaba la erudición baloncestística y Montes aportaba la frescura y la espontaneidad, la ironía.

Con la marcha de Montes de Canal + a Radio Marca y luego a la Sexta, la cosa cambió y a Montes le llegó su segundo momento de gloria profesional, cuando empezó a narrar partidos de fútbol se la selección española en La Sexta, formando pareja con el ex jugador de la selección, Julio Salinas. Montes trasladó parte de su peculiar y estrafalario vocabulario a un terreno tan purista como el de la narración deportiva futbolística. Por esto se le acusó de ser poco riguroso, de tener escasos conocimientos futbolísticos y de ser más un showman que un periodista informado. Sin embargo todo esto, el éxito de Montes fue parejo al éxito de la selección que ganó la Eurocopa de Austria y Suiza.

La retransmisión del último Eurobasket de Polonia ganado por la selección española fue la última aparición de Montes en televisión. Allí anunció que abandonaba La Sexta sin saber que, lamentablemente, días después nos iba a abandonar a todos. Los múltiples tributos que la gente del deporte ya le está rindiendo a este genial periodista deportivo y el número de fieles seguidores que convirtieron a Montes en una referencia, demuestran que sin ser seguramente un erudito en ninguno de los ámbitos en los que trabajó (curiosamente, Montes tenía fama de ser un consuma melómano y un erudito en temas musicales), Montes sí fue capaz de crear un estilo propio, un sello inconfundible. Por esto, estoy casi seguro de que dentro de unos años, mucha gente se seguirá acordando de él y de su peculiar y particular estilo.


10 octubre, 2009

Luis Francisco Esplá


De todo lo que envuelve a la fiesta de los toros en España, lo que más me ha gustado siempre ha sido el periodismo taurino, las tertulias sobre toros y las discusiones apasionadas entre entendidos. Salvando las distancias, me pasa un poco como con el fútbol o con otros deportes: me gusta mucho verlos por la televisión, pero todavía me gusta más escucharlos por la radio. Lo que más me gusta del periodismo radiofónico taurino son dos cosas. La cosa que más me gusta es el argot taurino. No lo puedo evitar: a la parte de filólogo que hay en mi personalidad le apasiona esa jerga de la tauromaquia tan llena de arcaísmos y de tecnicismos ignotos para el profano es esas lides. Además, y como buen amante del refranero español que soy, me gusta mucho esa abundancia de máximas y frases hechas que emplean los especialistas en sus disertaciones; un crítico taurino no puede hablar durante cinco minutos sin insertar un refrán entre sus frases o una máxima procedente de la sabiduría popular. La otra cosa que me gusta de los programas que escucho cada semana es oír expresarse a los toreros, aunque es cierto que la mayoría del gremio está formado por personas que no son precisamente expertos en comunicar y que por diferentes motivos no han cursado unos estudios o no tienen una cultura desbordante. No lo sé seguro, pero creo que esta afición mía va también en la línea de los refranes; soy muy aficionado a los refranes y, en menor medida que los periodistas, pero también en una proporción alta, los toreros son unos expertos en el uso de refranes y de lugares comunes. Pareciera que lo primero que hace un torero, a la par que aprender a lidiar, es aprenderse una serie de tópicos y frases hechas: “la temporada es muy larga y esto no ha hecho más que empezar”, “el público es soberano”, “el dinero no lo es todo en esta vida”…

Una de esas madrugadas de domingo oyendo la tertulia taurina, hace ya un par de años, escuché en voz de un torero al que estaban entrevistando, una frase, una expresión, que me sorprendió sobremanera. El periodista le preguntaba al matador de toros sobre sus gustos musicales y sobre su afición a la ópera (ya es raro que a un torero le pregunten sobre eso), cuando el torero respondió algo así – cito de memoria – como que a él le gustaba la ópera “por lo que representa como espectáculo, en el sentido kantiano del espectáculo”. Claro, no me negarán que, así de entrada, no suena raro que un torero emplee el adjetivo kantiano. Yo al menos, no lo había escuchado nunca en voz de un torero y no lo he vuelto a escuchar.

El torero que profirió ese juicio sobre la ópera no era otro que Luis Francisco Esplá, un torero ya veterano de Alicante que justamente se retira esta temporada, tras más de treinta años en el ruedo. Escuché la entrevista entera y luego intenté recabar más información sobre él. Poco a poco, descubrí que Esplá no era un torero al uso. Con todos mis respetos hacía los otros toreros, descubrí que Esplá era un torero con un nivel cultural e intelectual tremendamente superior a lo que viene siendo costumbre entre los de su profesión. Un torero que es Licenciado en Bellas Artes, pintor, gran aficionado a la lectura y a la fotografía y un melómano consumado; en fin, un torero diferente al resto, una rara avis dentro de un mundo en el que leer a Neruda o escuchar jazz no son, precisamente, actividades de ocio. En este sentido, no sé si Esplá es un ejemplo para el resto de toreros, si es una excepción que confirma la regla, o si es ambas cosas o ninguna de ellas. Lo evidente es que la figura de este matador alicantino es la prueba más evidente de que el toreo y la cultura, lo físico y lo intelectual, no tienen por qué ir siempre reñidos.

Esta polifacética personalidad de Esplá, la riqueza de su mundo y lo poliédrico de su pensamiento sobre la vida en general y sobre la tauromaquia en particular, es la que ha llevado al crítico taurino de Algemesí, Carlos Bueno, a publicar Luis Francisco Esplá. Toreador, una larga y sustanciosa entrevista, publicada por la editorial Avance Taurino, con un prólogo del periodista valenciano Ramón Palomar y fotos del fotógrafo taurino Enrique Moratalla Barba. Se trata de una rica conversación sin guión entre periodista y torero en la que Esplá reflexiona sobre lo divino y lo humano, hablando de temas como la televisión, la pintura, la música, el arte y el lugar que el torero y el toreo ocupan en la sociedad actual. Gracias a la generosidad de Paco Delgado, director del diario digital Avance Taurino y de la editorial que lleva el mismo nombre, he podido tener acceso a este libro que condensa la filosofía de vida de este peculiar toreador, un libro que he leído de un tirón y del que quiero rescatar aquí algunas perlas, algunas de las respuestas de Esplá en la que expresa su forma de pensar. Los que estén acostumbrados a escuchar a toreros (no diré nombres) en los programas del corazón, sabrán apreciar el abismo, los años luz de formación y cultura que separan a uno y otros. Si he repetido varias veces aquí que este blog era un espacio de denuncia y lucha contra la incultura y la ignorancia que reina en determinados sectores de la sociedad española, es justo reconocer a las personas que destacan por lo contrario, por su vasta cultura y sobre todo, por su sensibilidad y su amplitud de miras.

- Sobre música, pintura y literatura:

P.- ¿Hay una música para cada momento?

R.- Y para cada estado de ánimo. Yo para entrenar de salón, dependiendo de cómo me encuentre me pongo un tipo de jazz u otro, desde Patricia Barber a Eliane Elias. Tengo más de sesenta posibilidades dependiendo de mi situación anímica.

P.- ¿Del mismo modo le puede gustar Velázquez, Van Gogh y Picasso?

R.- Y Barceló. Siendo tan distintos, en cada uno hay una consecuencia. Lo que tenemos que hacer es saber captar lo esencial de cada uno de ellos. Del mismo modo la gente que lee no se limita a Azorín, Neruda o Cervantes, porque consiguen alcanzar la capacidad de discernir y disfrutar con lo que aporta cada autor.[…]

- Sobre la imagen que la sociedad actual tiene del torero:

P.- ¿Por qué ha perdido el torero su halo cautivador para la sociedad andante?

R.- Ahora hay muchos toreros decepcionantes. Es un problema de calidad humana. Los toreros de antaño tenían claro que nadie tenía que decirles lo que debían hacer. Esos de ahora que todos conocemos son auténticos peleles. Antes, si un torero hacía una fiesta era un privilegio estar invitado a ella; él era el eje. Ahora son ellos los que acuden a fiestas porque van contratados, son satélites del couché. Y esa chabacanería la gente la percibe.Los que yo vi de pequeño cuidaban su atmósfera y se movían entre la élite. Éstos se mueven en la ciénaga de la noche, y eso deteriora su imagen y les da un aspecto frívolo.De niño, una vez acompañé a mi padre al restaurante Chicote y me quedé pegado al cristal de la ventana, se me caía la baba viendo la elegancia de aquellas señoras que estaban con los toreros. Ahora, cualquier chaval que vea la colección de novias que exhiben algunos pensará que lo último que quiere es ser torero.[…]

- Sobre la situación actual del toreo y sobre su anacronismo:

P.- ¿Es lógico que exista el toreo en el siglo XXI? ¿Modernidad y toreo pueden convivir?

R.- Perfectamente. Además produce anacronismo con una sociedad que tiende a la perfección y que garantiza cada vez con más profusión el éxito de lo que vas a ver. No creo que exista un espectáculo tan intenso y a la vez tan ayuno de intereses puntuales por parte del espectador. Sí, se acude a la plaza con el anhelo de ver una gran faena, pero esa voluntad puede derivar en el transcurso de la lidia según imponga el toro.Cuando la sociedad demanda regularidad, sentido, memorias de calidad, saber que le va aportar cualquier espectáculo… los toros ofrecen incertidumbre, y quien paga se somete a la más absurda de las ilusiones, esperar que seis animales le colmen de felicidad. Que el interés de este espectáculo no se cifre en nada concreto ni palpable lo convierte en único.

- Sobre la televisión y la lectura:

P.- Hoy lo que no sale en la televisión no existe.

R.- Estamos en la era de la imagen, una imagen que pretende hacer fácil y digestible cualquier cosa. Los chavales tienen el medio visual como el todo, y para ellos tiene total veracidad y prestigio lo que sale en televisión, están como absorbidos. Le dan crédito a todo que dice cualquier tonto en el marco de esa caja porque no quieren esforzarse en reflexionar.Mientras que la lectura lo deja todo más grabado e invita a la reflexión personal, la imagen entra tan rápido que no deja huella. Lamentablemente ahora muchos se nutren de imágenes, y necesitan entrar en una vorágine de alimentación televisiva que parece una especie de diálisis diaria vital.[…]

- Sobre la relación de los toros con la cultura y los intelectuales:

P.- Belmonte metió a la Generación del ’96 en el toreo, y luego le siguió la del ’27. Usted ha sido considerado un erudito y aceptado sin tapujos entre la intelectualidad contemporánea. También el misticismo de José Tomás ha atraído a los hombres de la cultura hasta los toros ¿Será algo definitivo?

R.- Yo no sé cuánto tiempo durará la Fiesta de los toros. De los que estoy seguro es que mientras dure seguirá conmoviendo a los intelectuales y a artistas, porque todo lo que ocurre en la vida de un ser humano se da en las dos horas de corrida. Y no es una metáfora, es algo real. Se cuestiona el valor, la integridad, la sinceridad… y todos los valores que definen al ser humano, y esto no puede dejar a la gente sensible impávida.Que las personas influyentes de la cultura vayan o dejen de ir a los toros obedecerá a modas y sobre todo al prestigio que tenga en cada momento la Fiesta; y también del valor de cada uno, porque dejarse atraer, seducir y arrebatar por los toros precisa valor, que es algo que falta hoy en general en los artistas. Hoy hay mucho enmascarado que vende una imagen como artista pero que es otro como persona, que está más pendiente del márqueting que de su corazón.[…]

- Sobre el significado y las consecuencias de una vida entregada a una pasión:

P.- En un artículo suyo afirmó que el toreo le está matando. ¿Tan mal le ha tratado la profesión?

R.- Todo arte mata. El arte comienza a ser grande cuando el artista se mueve en los límites de la creación, y eso conlleva estar constantemente asomado al balcón del desgaste personal. Eso crea conciencia de lo finito, de tus incapacidades, y te va descarnando. A veces tengo la sensación de haber ido dejando jirones de mí por las plazas de toros.

Si estas perlas escogidas les han gustado, les digo que es sólo una pequeña muestra del saber acumulado por Luis Francisco Esplá y de lo que cuenta en esta entrevista. A aquellos que hayan disfrutado leyendo las respuestas del maestro Esplá, a los que se hayan sentido identificados con su forma de pensar o, simplemente, a los que tengan curiosidad por saber que piensa uno de los toreros más cultos y formados, sobre su profesión y sobre todos los aspectos de la vida, les recomiendo que compren el libro de Carlos Bueno, Luis Francisco Esplá. Toreador. Estoy seguro de que gustará igualmente a los aficionados y a los antitaurinos. A todos les cambiará su percepción de la figura del torero y les descubrirá la personalidad de un torero que es también un intelectual y un filósofo, un hedonista y un sibarita de la vida y sus placeres.

03 octubre, 2009

Charles P.Kindleberger - La crisis económica, 1929-1939



Pese a la inicial insistencia de Zapatero en negar la mayor, ya hace más de un año que los españoles nos dimos cuenta de que nuestra economía atravesaba por un momento de crisis que, muchos meses después, y muchos miles de parados después, todavía perdura. Cuando se producen este tipo de eventualidades, de situaciones anormales que alteran el curso previsto de los acontecimientos, los historiadores tendemos por inercia, por defecto profesional, a buscar antecedentes históricos de situaciones similares, que nos permitan comparar lo pasado y lo presente, lo sabido y conocido con aquello queremos conocer, que queremos comprender. Sin que nadie nos lo pida, porque a los historiadores no se nos suele pedir la opinión muy a menudo, terciamos en el debate público (o privado, cada cual según sus posibilidades) con el ánimo de intentar aportar una perspectiva histórica que ayude a entender lo incomprensible y que arroje un poco de luz a la hora de prevenir situaciones no deseables.

En el caso de la crisis económica que llevamos padeciendo año y medio aproximadamente, al menos en su fase más dura, el referente ineludible al que acudir en esta comparativa era evidente: la crisis financiera que llevó a Estados Unidos a la mayor depresión económica de su historia, el llamado crack de la Bolsa de Nueva York en 1929. Ya en mayo del pasado año, el profesor Jordi Palafox, Catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Valencia y experto en la crisis económica del 29, publicaba un
breve pero esclarecedor análisis comparativo en el que ponía el acento en las diferencias existentes entre una crisis y la otra. Posteriormente, se han sucedido los estudios y las opiniones al respecto: unos intentando encontrar conexiones y similitudes; otros subrayando las diferencias y los puntos divergentes entre ambas realidades.

Sea como fuere, lo cierto es que la crisis ha provocado un inusitado y renovado interés en un tema clásico de la historia económica como es el estudio de la crisis económica del 29 y los años posteriores en Estados Unidos. Como decía en
una de mis últimas reseñas publicadas en El lector sin prisas
, parte de este interés generalizado lo han canalizado las editoriales a través de la publicación de centenares de libros sobre la crisis, ya sean éstos los típicos libros eventuales escritos para la ocasión y aprovechando la coyuntura, o ya sean textos clásicos de la teoría económica que habían sido olvidados y que ahora se vuelven a reeditar o se publican por primera vez. En esta sensata línea de apostar por las obras clásicas, por valores seguros y consolidados, se encuentra la Editorial Capitán Swing, que acaba de publicar el clásico de Charles P.Kindleberger, La crisis económica, 1929-1939, considerada por muchos como el mejor estudio sobre la crisis económica de los años treinta en Estados Unidos. Lo ha hecho además, y como es norma en esta joven editorial madrileña, en una edición muy cuidada que no reproduce la versión original del texto (1973), sino que traduce una versión posterior, ampliada, revisada y actualizada.

Son casi quinientas páginas de análisis económico de alto nivel, con cuadros, estadísticas y datos sobre la crisis que complementan una lección magistral de economía en la que el profesor Kindleberger no sólo se limita – como suelen hacer algunos manuales al uso – a contarnos y narrar cronológicamente los hitos de la crisis del 29, sino que trata de establecer y de argumentar las causas y las consecuencias, apelando a algunas de sus teorías más famosas, como la tesis de que los mercados mundiales no se pueden regular totalmente por sí mismos, o la idea de que la psicología de las masas en momentos de euforia o pánico financiero, pueden llegar a influir en el comportamiento de la economía.

En resumen, creo que leer la obra de Kindleberger para saber qué pasó con la crisis económica del 29 es apostar sobre ese valor seguro que nos brindan los textos clásicos, en este caso de la teoría económica. Como decía arriba, y al margen de mi condición de historiador, creo que en situaciones tan difíciles como la que estamos atravesando actualmente en España, no está de más dar un repaso a la historia y comprobar cómo se las arreglaron nuestros antepasados, cómo reaccionaron en una situación parecida y qué soluciones encontraron (si es que las encontraron); aprender de lo que hicieron bien y evitar repetir aquello que hicieron mal. Para eso, entre otras muchas cosas, sirve la historia.

NOTA: Para los interesados en el tema de la comparación entre la crisis del '29 y la crisis actual que vivan en Madrid, el día 29 de este mes se celebra un seminario en la Fundación BBVA que lleva por título Pasado y Presente: de la Gran Depresión de 1929 a la Gran Recesión de 2009.

02 octubre, 2009